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El vino que nace en los agujeros de la tierra: el misterio del "alberello pantesco" y el alma del Passito de Pantelleria

A veces, para entender un vino, no hay que mirar la etiqueta, sino mirar al suelo. Y en Pantelleria, esa isla volcánica perdida entre Sicilia y Túnez, el suelo te cuenta una historia que parece sacada de otro tiempo. Si caminas por sus viñedos, lo primero que te sorprende es que no ves las hileras altas y ordenadas a las que estamos acostumbrados en la Rioja o en Burdeos.

Publicado por:
Ana Gómez González

Lo que ves son agujeros. Miles de pequeñas cavidades excavadas en la tierra oscura, y dentro de cada una, una vid que crece pegada al suelo, casi acurrucada.

Es el famoso alberello pantesco, y no es un capricho estético ni una excentricidad de los agricultores locales. Es, literalmente, un acto de resistencia y una obra maestra de la ingeniería agraria ancestral que ha sido reconocida por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Pantelleria: la "hija del viento" y su geografía extrema

Para entender por qué alguien decidiría cavar un agujero para plantar una vid, primero hay que entender dónde estamos. Pantelleria no es un lugar fácil. Los árabes la llamaban Bint al-Riyāḥ, la "hija del viento", y no lo decían por una licencia poética. El viento allí no solo sopla; muerde. Es una presencia constante, ya sea el Maestrale frío del norte o el Scirocco cálido y cargado de arena que llega desde el Sáhara.

Esta es una isla de origen puramente volcánico. Aquí no hay ríos ni manantiales. El suelo es una mezcla de ceniza, piedra pómez y coladas de lava solidificada que han creado un terreno rico en minerales pero extremadamente pobre en materia orgánica. En este escenario, la naturaleza impone sus reglas con una dureza absoluta. Si intentaras cultivar la vid de forma convencional, con espalderas altas o postes, el aire la secaría en horas, quemaría sus brotes jóvenes con la salinidad del mar o simplemente rompería sus ramas como si fueran cristal.

¿La solución que encontraron los pantescos hace milenios? Cavar. En lugar de luchar contra el viento, decidieron esconderse de él.

La arquitectura del agujero: ¿cómo funciona el alberello?

La técnica del alberello pantesco es fascinante por su simplicidad y su eficacia. El agricultor comienza excavando una conca (una fosa) de unos 20 o 30 centímetros de profundidad. En el centro de este cuenco de tierra oscura, se planta la cepa de la uva Zibibbo.

A medida que la planta crece, se le aplica una poda extremadamente corta. No se le permite subir hacia el cielo. Las ramas se guían para que se expandan horizontalmente, pegadas al fondo del agujero. El resultado es un arbusto bajo, un "arbolito" (alberello) que vive protegido por las paredes de su propia fosa.

Pero el agujero hace mucho más que proteger del viento. En una isla donde la lluvia es un milagro escaso, estas cavidades funcionan como trampas de vida. Durante las noches mediterráneas, la humedad del mar se condensa en las hojas de parra. Esa humedad, en lugar de evaporarse con los primeros rayos de sol, resbala por la planta y se deposita en el fondo del agujero, alimentando directamente las raíces. Es un sistema de autorriego natural diseñado hace siglos. Además, la fosa crea un microclima estable: mantiene el calor de la tierra volcánica durante la noche y protege las raíces del calor excesivo durante el día. Es una inteligencia técnica que no necesitó de computadoras, solo de siglos de observación y una paciencia infinita.

Zibibbo: una uva con ADN fenicio y alma árabe

La protagonista absoluta de esta locura es la uva Zibibbo, también conocida como Moscato de Alejandría. Su nombre ya nos da pistas sobre su pasado: deriva del árabe "zabib", que significa "uva seca". Se cree que fueron los fenicios quienes la trajeron a la isla, y desde entonces, la planta y el territorio se han fusionado de tal manera que es imposible entender la una sin la otra.

Si pasas cerca de una de estas plantas en agosto, el aroma es embriagador. Es una mezcla de flores blancas, cáscara de naranja, miel y algo salvaje y metálico que solo te da la piedra volcánica. Es una uva de piel gruesa, dorada por el sol intenso, capaz de aguantar el estrés hídrico y las temperaturas extremas sin perder esa chispa de acidez que hace que el vino final no sea simplemente dulce, sino vibrante.

El ritual del appassimento

El verdadero milagro del Passito de Pantelleria ocurre después de la cosecha, que por cierto, es una de las más duras del mundo. Los vendimiadores trabajan agachados, casi a ras de suelo, bajo un sol que no perdona, recogiendo racimo a racimo con una selección quirúrgica. Solo las mejores uvas, las que están perfectamente sanas, se destinan al Passito.

Aquí es donde entra en juego el appassimento (el secado). Una parte de los racimos no va directamente a la prensa, sino que se extiende sobre stenditoi (superficies de secado) o directamente sobre esteras al aire libre. Bajo el sol abrasador del Mediterráneo y acariciadas por el viento constante, las uvas comienzan a transformarse. Pierden el agua, se arrugan y concentran todo su azúcar, sus ácidos y su esencia.

De cada cuatro o cinco kilos de uva fresca, apenas se extrae un litro de este néctar. Durante semanas, los agricultores deben vigilar el cielo, girar los racimos a mano y protegerlos de cualquier rastro de humedad nocturna. Es un proceso "sartorial", hecho a medida, donde el tiempo es el ingrediente principal. Al final, esas uvas pasas se añaden al mosto de uva fresca que ya está fermentando, creando una explosión de sabor que equilibra la frescura de la fruta recién cortada con la profundidad de la fruta pasificada.

Un hilo invisible entre islas de fuego: de Lanzarote a Santorini

Lo más increíble de esta historia es que Pantelleria no es una anomalía aislada. Hay un hilo invisible que la une con otros rincones del planeta donde la tierra también es de fuego y el clima es un enemigo declarado. Es lo que los expertos llaman la viticultura volcánica insular.

Si viajas a Santorini, en Grecia, verás que hacen algo parecido pero con su propio estilo: allí trenzan los sarmientos en forma de "kouloura", una especie de cesta o nido circular. Los racimos crecen protegidos en el interior de esa cesta, a salvo del viento de las Cícladas y de la arena que vuela desde el mar.

Y si nos venimos a España, a Lanzarote, encontramos el ejemplo más visualmente impactante. En La Geria, los viticultores llevan la idea del agujero al extremo. Cavan hoyos profundos para llegar a la tierra fértil que quedó enterrada bajo metros de ceniza volcánica (el picón) tras las erupciones del Timanfaya. Protegen cada hoyo con muros de piedra semicirculares llamados "zocos".

Son tres culturas diferentes, separadas por miles de kilómetros, que llegaron a la misma conclusión: cuando la naturaleza se pone difícil, la planta tiene que hacerse pequeña, buscar el abrazo de la tierra y esconderse para sobrevivir. Es la arquitectura de la necesidad.

Dónde vivir la experiencia

Si alguna vez tienes la suerte de pisar Pantelleria, no puedes quedarte solo en la playa. Hay lugares que son casi como museos vivos del esfuerzo humano.

Una parada obligatoria es Donnafugata, en la zona de Khamma. Es una bodega que ha hecho un trabajo increíble de comunicación y recuperación. Allí puedes pasear entre viñedos que parecen jardines zen y visitar su famoso "Giardino Pantesco". Es una estructura circular de piedra seca, sin techo, que alberga un único árbol de cítrico. ¿Por qué? Porque en Pantelleria un naranjo moriría por el viento si no tuviera su propio "castillo" de piedra. Su vino Ben Ryé es, posiblemente, el Passito más famoso del mundo, una explosión de albaricoque y notas minerales.

Si buscas algo con un toque más personal y romántico, tienes que visitar la bodega de la actriz francesa Carole Bouquet. Ella se enamoró de la isla hace décadas y produce un vino llamado Sangue d'Oro (Sangre de Oro) que es pura elegancia. Su bodega es un reflejo de esa pasión por la tierra y el respeto a los tiempos lentos.

Para los que buscan la raíz más pura, Marco de Bartoli en la Contrada Bukkuram es el lugar. Bukkuram significa en árabe "padre del viñedo", y se considera la zona con el mejor microclima de la isla. De Bartoli fue un visionario que rescató métodos de vinificación antiguos cuando todo el mundo quería modernizarse y perder la identidad. Y no podemos olvidar a Salvatore Murana, un viticultor cuya familia lleva generaciones en la isla. Sus catas son lecciones de geología y amor por el Zibibbo; probar su Martingana frente al mar es una experiencia que no se olvida.

El sabor de la isla: mucho más que vino dulce

Pero cuidado, porque Pantelleria también se come, y sus sabores son tan honestos y crudos como su paisaje. La cocina aquí es un puente entre dos continentes, una mezcla de la pasta italiana y las especias africanas.

No te puedes ir sin probar el Pesto Pantesco. Olvida el pesto verde de albahaca que conoces. El de aquí se hace con tomate crudo maduro, ajo, aceite de oliva virgen, guindilla y, por supuesto, las alcaparras de la isla. Las alcaparras de Pantelleria son consideradas las mejores del mundo porque crecen en los muros de piedra volcánica, absorbiendo toda la salinidad y los minerales. En la pasta, este pesto es un estallido de frescura.

Otro plato que te deja sin palabras son los Ravioli Amari. Están rellenos de ricotta (requesón) y mucha menta fresca. Se llaman "amargos" para diferenciarlos de los dulces, y ese toque de menta los hace increíblemente ligeros y aromáticos. Y si buscas algo contundente, el Couscous Pantesco es el rey. A diferencia del norte de África, aquí se hace con caldo de pescado local y se acompaña de verduras fritas de la huerta, como berenjenas y calabacines.

Para cerrar el círculo, el postre típico es el Bacio Pantesco. Imagina dos galletas fritas muy finas y crujientes con forma de flor, unidas por una crema de ricotta y virutas de chocolate. Ese bocado, seguido de un sorbo de Passito de Pantelleria frío, es lo más cerca que estarás de entender por qué los griegos decían que este vino era digno de los dioses.

El futuro se escribe con manos viejas

Hoy en día se habla mucho de sostenibilidad, de agroecología y de cómo vamos a adaptar nuestros cultivos a un mundo cada vez más cálido y extremo. Lo curioso es que la respuesta no parece estar en la última tecnología genética, sino en mirar lo que han hecho estas manos viejas durante siglos.

Mantener esos 40 kilómetros de muretti a secco (muros de piedra seca) que rodean los viñedos no es solo una cuestión de estética o tradición. Es lo que mantiene la tierra en su sitio, evita la erosión y permite que el agua se filtre correctamente. El sistema del alberello es un modelo de bajo consumo de agua y alta resiliencia climática que hoy se estudia en las universidades de agronomía de todo el mundo.

La viticultura en Pantelleria está pasando por un renacimiento. Tras años en los que los jóvenes abandonaban la isla para buscar trabajos menos sacrificados en la ciudad, ahora hay una nueva generación que vuelve para recuperar las viñas de sus abuelos. Entienden que lo que tienen no es una carga de trabajo, sino un patrimonio único que no existe en ningún otro lugar del planeta.

La próxima vez que tengas una copa de Passito de Pantelleria frente a ti, tómate un segundo antes del primer sorbo. Mira ese color ámbar, casi naranja, que brilla como si tuviera luz propia. Piensa en el viento que intentó secar esa planta, en el agricultor que pasó horas agachado cavando ese agujero en la lava y en la piedra volcánica que le dio esa chispa de sal.

Al final, lo que estás bebiendo no es solo un vino dulce de postre. Estás bebiendo el sabor de una isla que se negó a ser un desierto de roca negra y decidió convertirse en un jardín secreto. Es la prueba definitiva de que el ser humano, cuando sabe escuchar a la tierra y trabajar a su ritmo, puede crear algo que roza la perfección absoluta.